El conflicto de Turquía con los kurdos en Irak estalla con 40 muertos
Viernes, 26 Octubre 2007, 1:42 am
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Este es el relato de la fiesta de cumpleaños de Can (pronúnciese /Yan/) que tuvo lugar el viernes 19 de octubre del año de Nuestro Señor de 2007 en el apartamento 174 de Poptahof Noord. Nuestro joven amigo de origen turco comparte apartamento con un francés y un alemán que además cumplen con todos los tópicos. Al igual que anteriores ocasiones acudimos prestos al convite y nuestras expectativas, que eran grandes dados los antecedentes, no fueron defraudadas. Joder que puto fiestón. Como sesenta éramos allí, música, jaleo y priva. Y claro, pasó que los vecinos kurdos del piso de abajo se chinaron. No es la primera vez ni la cuarta que va la policía a saludarnos. Se desalojó a todo cristo a las 01.30 y a pesar de que se había hablado previamente con los vecinos, vale, no hay problema, pasarlo bien, se lió una buena. Primero los vecinos turco-kurdos cogieron todas las bicis de los invitados y las apilaron como quien prepara una pira funeraria. Alguno que ya iba contento se lo tomó a chanza lo que hizo que los turco-kurdos se cabrearan aún más. Como los ánimos andan calientes (o esta gente es de ánimos calientes) uno de ellos se engoriló todo, zarandeó una verja de una obra cercana, cogió lo que tenía más a mano -un ladrillo del catorce- y declaró raudo su intención de abrirle la puta cabeza a cualquiera que estuviese cerca. El lector debe imaginarse a cuarenta erasmus de todas las partes del globo corriendo ebrios como etíopes por la calle Estafeta perseguidos por un mostachudo natural de la península de Anatolia que blande un bloque de cemento. Así fue, ni más, ni menos.

Uno de los simpáticos estudiantes, bien sea por convencimiento o por la prea que llevaba encima, protestó de forma no violenta y se quedó quieto en medio de la calle. A todos los presentes nos presentes nos vino a la memoria los sucesos del 4 de junio en la plaza de Tiananmen. El del ladrillo le amenazó un par de veces con enseñarle los sesos pero se rajó y le dejó marchar entero. Nosotros (los anfitriones y amigos más cercanos) observábamos la escena con regodeo desde la galería del cuarto piso, apoyados en la baranda como quien ve los toros desde la barrera. Los turco-kurdos se percataron de nuestras carcajadas y se rebotaron aún más, así que comenzaron a lanzarnos guturales injurias. Más tarde me enteraría que entre las imprecaciones figuraban “son of a bitch” (hijos de perra) en turco, la pintoresca maldición en turco traducida al neerlandés y que en inglés suena “get cancer” (que os salga un cáncer) y otras varias. Tras comprobar los bigotudos que nuestro fuerte no eran los idiomas, gracias a una reflexiva pausa de diez segundos en la que valoraron nuestras aptitudes lingüísticas, uno de los más despiertos gritó a todo pulmón la palabra “motherfucker” consiguiendo, esta vez sí, el efecto deseado de que nos cagásemos por la pata abajo. Nos metimos en los apartamentos (174, 175 y 176 de la misma galería), apagamos las luces e intentamos aplacar las risitas nerviosas mientras oíamos a los aceitados turco-kurdos subir las escaleras. Se conformaron con dar unas voces y regresaron a la calle donde ya se reunían un buen número de vecinos y vecinas. Pasado el peligro, nosotros volvimos a la galería para ver el circo. Ellos nos ven, nosotros los vemos, se chinan, suben, nos jiñamos, comentamos la jugada, etc. Así un par de veces hasta que nos casamos y nos vamos a dormir.

A la mañana siguiente me dirijo a casa de Matador (algún turco le puso ese mote a Jorge) que está en el 176 y de camino noto como un agujero de una cuarta en la luna de una de las ventanas del 174 y al amigo alemán con cara de disgusto detrás de ella. Qué pasa y tal. Pues que el del ladrillo no se había quedado a gusto y ya ves que marrón. Pues bueno, qué se le va a hacer. Oyes por cierto, vaya fiesta más buena la de ayer.

Comadreja